“Pues, cómo estaré que me dicen que ya tengo los días contados”, dijo mi abuelo con su sarcasmo habitual del otro lado de la línea telefónica. “Los días los tenemos contados desde que nacemos”, fue mi pronta respuesta.
Cómo no detenerme a meditar que el paso del tiempo se está llevando, poco a poco, a todos aquellos que hicieron de mi niñez tan feliz. Los reúno en el casillero de “los inmortales”, “los superhéroes”,… “los indispensables”, en la memoria RAM donde ni el más despiadado Alzheimer tenga siquiera acceso algún día.
Al abuelo lo recuerdo con su mirada seria e inquisitiva, con su cabello despeinado de rizos plateados que tardaron decenios en alcanzar el alba total, un bigote tupido y dorado por el humo del cigarro que acostumbró en buena parte de su vida, no obstante las protestas del doctor. Unas enormes manos con gruesos dedos que bien hubieran servido para el pugilismo que, yo sepa, nunca practicó.
Con su presencia, de un cierto aire marcial que siempre presumió pero que apenas pudo practicar en el ejército, se desprendía una jovialidad a flor de piel. A cada rato encontraba forma de brincar y presumir, y con razón, de una envidiable condición física que, en consecuencia retroactiva, le imprimía un optimismo adolescente y desbordante. Una actitud que, a pesar de todo, no cambió incluso con las últimas noticias.
Me aclamaba que, por ser el único varón entre sus nietos, era yo el “rey” de su vasta descendencia, que se esparcía entre dos familias con diferentes culturas por lo que, en efecto, me halagó por un tiempo como si tratara al príncipe de Asturias y de Gales combinados, pero en vez de heredero de legendarios imperios, me sentía beneficiario de un afecto del que me sentía indigno.
Sus palabras le dieron calor a mi aletargado ego que apenas si recuerda cumplidos durante la infancia, incluso de los pocos amigos que coseché.
Los relatos sobre su juventud me llenaban de contento y entusiasmo, pues describían a alguien conocido del que, parecía, no tenía ni la menor idea de su existencia. Me dejaban mudo de sorpresa, como quien escucha un buen cuento de hadas del que se espera no tenga pronto final. Y cuando me contaba de sus aventuras en el Amazonas o su vida de soldado en la guerra, no hacía sino inflamar mi orgullo y, al mismo tiempo, mi preocupación: pues si tanto había hecho para llegar a ser mi abuelo, varón al que sólo le faltaban las condecoraciones correspondientes, qué se esperaba de mí siquiera para emular su camino y no digamos me osare a superar a mi predecesor. Era tan convincentes sus relatos que poco me importaba pensar si había tenido suficiente tiempo y vida para participar en la Revolución Mexicana y en la Segunda Guerra Mundial, sin haber recibido rasguño alguno y sin que las fechas de los acontecimientos coincidieran con sus eternos veintes.
Sus visitas a mi casa eran esporádicas, espontáneas e inesperadas, era como el san Nicolás familiar que a todos causaba sorpresa, alegría y en ocasiones malestar. Podía estar viajando de su trabajo a casa en Chicago, donde residía, y en el trayecto tomar la decisión de visitarnos a la Ciudad de México para pasar el fin de semana con nosotros, mientras en la Ciudad de los vientos se la pasaban indagando su paradero. Creo que, contrario a la insoportable levedad del ser, el abuelo nunca toleró la idea de estar sujeto a algo o alguien y, sin embargo, descubrió trágicamente que entre más agitaba sus alas para volar, más se enredaban en las telarañas pesadas del tiempo, la familia y los recuerdos que lo queríamos retener.
Ese mismo espíritu de Magallanes también fluyó por mis venas pero a edad más tardía y con él aprecié la fragancia de la incertidumbre que concede la efímera libertad, pero ésa es historia aparte de la que hoy no me voy a ocupar.
Mi abuelo no era un vagabundo, sino un explorador de la vida que no se cansaba de conocer y asombrarse con su mirada siempre en la apertura de niño. Un hombre que había descubierto el secreto de la eterna juventud con indómito espíritu de Nietzsche.
“Amamos la vida, no porque estemos acostumbrados a vivir, sino porque estamos acostumbrados a amar…”. Yo creo que ése sería su mejor epitafio, porque entre audacia y pasión, entre valor y honesta búsqueda de la verdad, la vida le concedió la rara oportunidad de contemplar lo que a la mayoría de los mortales nos está vedado contemplar: darse cuento de aquello que pudo ser y que no se escogió...
Pero como toda decisión tomada, el precio a pagar también fue alto, en clara alusión a la tercera ley de Newton sobre el movimiento. Y para cuando se dio cuenta, muchas vidas habían sido tocadas. En ese desajuste de amar sin condición ni previsión, el resentimiento y el vacío que genera la ausencia, los hijos y nietos te vimos como a un ser que se debatía entre la realidad y la ficción. Alguien que había sido preparado para conquistar, pero no para perpetuarse en el poder, de ahí que generaras tantos sentimientos encontrados con los que nos dejo lidiar en el exilio de su silencio... [...].

No hay comentarios:
Publicar un comentario