domingo, 22 de septiembre de 2013

Divagando sobre la belleza


Cada vez que te encuentro es como un accidente que me pasma en la ataraxia tan ansiada de los clásicos griegos. Envuelves mis sentidos en un halo de misterio indescifrable y nublas mi razón como el vapor matinal en los bosques de Ontario. También eres como un duende que rompe la monotonía de la aburrida realidad, añadiendo color y diseño a lo que creí no posible superar. Me sorprende tu presencia siempre inesperada, me asaltas con la furia del león que se ceba sobre la incauta cebra y robas mi atención como la Luna llena sin que pueda evitarlo. No importa qué tanto me resista o intente anticiparme a tu saludo bucanero. Siempre consigues dejarme sin respirar por varios segundos, como si hasta de mi vida pudieras disponer.

Trato de hacer una vida tranquila y predecible, donde mis actividades laborales y lúdicas me provean de lo necesario para vivir. Ni siquiera espero alcanzar la dicha sólo porque pague los impuestos y no pierda mis citas dominicales con mi fe. Lo que sí descubro, con sensación de tragedia, es que cada vez que te encuentro me parece que la felicidad es asible y que es mucho más simple que el seguir las reglas de las buenas costumbres. ¿Por qué me alborotas con tu mirada seductora que me envuelve y acelera los latidos de mi cansado corazón?

sábado, 7 de septiembre de 2013

Cecilia


Cuando llegaste a nuestras vidas fue una sorpresa para mí notar lo sonrosado de tu piel y el castaño claro de tu incipiente cabello. Tus ojos amielados tardaron en abrirse igual que lo hacen los mininos. Y, cuando llorabas, lo hacías con la intensidad de una epopeya por venir.
Fue difícil verse desbancado del centro de atención de los mayores, pero me pareció lógico que esa persona tan chiquita no la requiriera más que yo. De hecho comencé a sentir la responsabilidad de también cuidarte y quererte como veía que lo hacían los demás.
“Guereja”, como te llamaba papá, fuimos fruto de un joven matrimonio que se abría paso en la vida entre desesperanza y trabajo de domingo a domingo. Pero ellos tuvieron la sabiduría de sentirse siempre afortunados. Nuestro hogar iba tomando forma, igual que nuestros sueños, pero mientras observaba maravillado los ladrillos rojos que nos resguardaban de la intemperie y nuestras camas contiguas como en una guardería, a sólo unos cuantos pasos de nuestros padres, llegué a experimentar la bendita sensación de plenitud y regocijo que sólo los niños pueden descubrir incluso en las peores desventuras. Vivíamos en un cuarto común que, a falta de intimidad, rebosaba de fraterna camaradería. Por eso no había demasiado problema en pasarnos con nuestros papás en las noches de rayos y centellas, no había nada que temer, Dios nos había concedido el tesoro más preciado de la vida: unos padres unidos y amorosos.
Conservaste pocos años el privilegio de ser la menor de la familia, pero impusiste desde principio una personalidad marcada por extremos que no dejaban duda sobre tu ambición en la vida. Una personalidad que se definió a muy temprana edad y que yo no supe comprender entonces. Atisbó un punto en que me sentí abrumado por tus acciones. Actuabas con la determinación y la seriedad de un adulto entre párvulos que no te comprendíamos. Te sentiste sola y posiblemente aburrida, pues aparte de mí, pocas fueron tus amistades.

Pero la vida es cruel cuando sabe de nuestras metas y predeterminaciones. Te puso obstáculos a la altura de tus ambiciones, pero no a la de tu condición de menor y mujer, ni mucho menos a la difícil situación por la que atravesaron, por mucho tiempo, nuestros padres. Tal vez por eso era fácil verte reír hasta el cansancio, pero también deprimirte hasta el abismo.[...].

jueves, 5 de septiembre de 2013

El oscuro pasaje de Sábato


En el devenir de nuestra existencia se van presentando circunstancias que retan nuestras habilidades obligándonos a someter las dificultades o adaptarnos a la corriente. Sin embargo, cuando no sucede ni una ni otra nos podemos encontrar en un verdadero limbo que puede minar nuestra psique de manera irreversible. ¿Será éste el proceso que lleva a la demencia?

En 1948, Ernesto Sábato (Rojas, Argentina 1911-2011) incursionó en el mundo de la literatura con El Túnel, novela de corte policiaca, que tuvo buena acogida por lectores y críticos de la época, incluyendo a Albert Camus.

Aunque no tuvo una prolífica producción (debido en parte a que su profesión inicial tenía que ver más con las ciencias exactas), es posible apreciar una calidad poco usual para un novel en las letras. Contemporáneo de Jorge Luis Borges y Julio Cortázar y bajo el amparo de la magistratura peronista, Sábato añadió con El Túnel un título enigmático y profundo para la literatura universal. Cabe recordar Metamorfosis y El Proceso de F. Kafka, por ejemplo.

Y es que el túnel es un pasaje oscuro que lleva al viajero de un estado de ánimo a otro, es un cambio de la problemática existencial, de “la realidad” al “país de las maravillas”, si nos lo permite L. Carroll. Es una desesperada búsqueda de la propia identidad. [...].

Navidad con la tía Amanda


La noche de Navidad marcaba el cenit de uno de los misterios peor comprendidos e insultados en el imaginario colectivo de mi generación adolescente: santa Claus. Y es que parece que nunca han faltado los encargados de clarificar la identidad del personaje metafísico más real en la mítica contemporánea que se debate entre la inocencia más ingenua y el telemarketing más desgarrador. Con él, o mejor dicho, sin él, se cerraba el capítulo de la niñez que muchos nos negamos a aceptar aunque el desarrollo del cuerpo dijera lo contrario.

Mis hermanas y yo tuvimos la fortuna de celebrar navidades memorables en las que la comida, la alegría y sobre todo la familia y hasta amigos hacían de esas veladas un verdadero experimento de lo que sería un mundo mejor. Como postre digno de reyes no faltaron los regalos que me hacían sentir partícipe de una pequeña comunidad que cosechaba los frutos de muchas turbulencias a lo largo del año. Se trataba de un esfuerzo colectivo que creo todos apreciamos sin que hubiera el fijón de quién dio más y quién menos, pero que hizo crecer en mí la conciencia de que la participación individual no sólo para esa celebración particular sino para la constitución de una familia, era determinante.

Para mí, la Noche Buena la experimentaba como la más serena y dulce de todas: la mayoría de mis parientes acudía a reunirse, no obstante las cortas y lejanas distancias que nos separaban dentro de la enorme Ciudad de México, todos sentados en sala en torno a la plática de cuya oscuridad agradecía como escenario idóneo para la magia que regocijaba mi alma de niño.

Todo comenzaba con los servicios religiosos que me resultaban cansados pero que le daban un aire de legitimidad al acontecimiento que estábamos por celebrar. Luego, en casa, las pláticas espontáneas, la música de ocasión de papá, con todos los ritmos posibles: desde los tropicales a los anglos, de las piezas viejitas hasta las modernas, pero todas navideñas, todas cautivadoras. [...]

Soberbia


¿A quién quieres impresionar? Todo se reduce a una simple estrategia de conquista, un sutil movimiento en el ajedrez de la vida en el que, como todos, lo que buscas es ganar. No importa que tus modales reflejen el refinamiento de una educación esmerada. Debajo de esa piel de cordero se esconde el lobo que se come al hombre, como diría Husserl, y que, en el momento indicado, hace a un lado el disfraz para entrar en acción y conseguir lo que realmente busca.

Tu espíritu es tan primitivo y tan brutal como el que tuvieron tus ancestros en la prehistoria y que creíste extintos con los Neandertal (quizás fueron exterminados por los más brutales… ¿los Hommo Sapiens?). Tu conducta sigue siendo tan instintiva que tus esfuerzos por alcanzar la divinidad funcionan con la elasticidad de una liga: entre más se estira, más está a punto de romperse, o de regresar al punto de origen, pero lo más seguro es que eres capaz incluso de retroceder. ¡Sí, eso ha de ser!, has cambiado, hemos de reconocerlo, pero no a un estadio superior como te exhorta la ideología judeo-cristiana. Ahora lo que puedes decir es que haz involucionado: eres aun peor de lo que supones e imaginas, porque no sólo eres malo, sino también un mañoso y un cobarde, sobre todo esto último, pues ni siquiera estás en condiciones de reconocerlo. Te  jactarás de que tus coterráneos serán más ignorantes, pero al menos tienen más dignidad aunque no tu labia.

¿Crees acaso que eres un ángel caído en busca de la gracia perdida?, ¡te equivocas!, porque tu carne es más cercana a la de los chimpancés que a los extraterrestres. Eres, como diría Hegel: evolución del espíritu que rige al mundo,… ¡pero nunca el espíritu mismo! Como las mariposas que migran cada año, las que viajan del norte al sur no son las mismas que regresan, ésas son las nietas de las primeras. Lo que impresiona no es el viaje de cada una de ellas, sino el esfuerzo del grupo por salvar a la especie cuyo peso es tal que son capaces de romper los brazos de añejos árboles michoacanos. Así la vida del hombre es la consecución de generaciones que no alcanzan a ver los cambios que la historia entreteje con cada una de nuestras vidas. Porque, ¿qué son sesenta años de una intensa vida humana en comparación a la eternidad del universo? [...].

    

Querida cómplice


¿Hace cuánto que no nos vemos? Creo que desde que mi soberbia me alejo de ti, sin luchar, aprovechando que otro te deseaba y que a él te entregarías como si tu despecho pudiera curar mi desprecio.

Fue así que creí poder vivir para mí, como si nada hubiese ocurrido. Mis amigos preguntaban por ti y yo les aseguraba que eras asunto del pasado. Una etapa más de la vida que aceptaba sin mayor pena. Pero la verdad es que el dolor permaneció oculto por algún tiempo, como Pan que se aprestaba a espantar a los viajeros no precavidos. Fue así como en un día cualquiera “me cayó el veinte”: el terror de tu ausencia se apoderó de quien hoy reconoce su error.

Y es que no sé a quién se le ocurrió decir que “nadie es indispensable”. Descubrí que tú lo eres para mí. Quién más puede guardar mis secretos, apoyar mis proyectos y estar ahí cuando más se te necesita. Además, eres la única que tienes las cualidades y la energía suficientes para sostener mis insaciables combates nocturnos hasta dejarme exhausto al clarear el alba.

Recuerdo cómo recorría tu geografía con mis dedos desesperados y cómo en ocasiones mi ansiedad no la saciaban nuestros encuentros fortuitos en esos, los únicos momentos en que creía en Dios por estar vivo y por tenerte.    


Cada día representabas un reto que me causaba una cierta angustia, una cima que se negaba a ser conquistada y que me ofrecía una serie de obstáculos que, a final de cuentas, sólo oxigenaba más el fuego de mi deseo por tenerte entre mis manos y la necesidad extrema por prolongar nuestras existencias hasta los límites del infinito en la tinta y la forma que encierra el pensamiento y el poder que hace girar a este mundo.

Tal vez exagero en todo lo que conseguimos cuando estamos juntos, pero mi necesidad por ti es así. Es como si Heráclito siempre hubiera tenido la razón: todo es superlativo, todo es extremo, todo es todo y nada es nada… la mediocridad no es vivir.

Se acusaba a las generaciones pasadas de aferrarse a sus métodos, sus creencias, sus deseos,… yo me aferro a la novedad de tu presencia, como si fuera siempre virginal, siempre futurista, siempre plus ultra, siempre maravillándome con la rapidez de tus movimientos, tu cálculo cada vez más y más perfecto y la belleza de tus formas… Créeme que soy feliz de reencontrarnos y de saber que la lección no la pienso repetir. ¡Por favor, no dejes que te deje otra vez...! [...].

miércoles, 28 de agosto de 2013

El Abuelo

“Pues, cómo estaré que me dicen que ya tengo los días contados”, dijo mi abuelo con su sarcasmo habitual del otro lado de la línea telefónica. “Los días los tenemos contados desde que nacemos”, fue mi pronta respuesta.
Cómo no detenerme a meditar que el paso del tiempo se está llevando, poco a poco, a todos aquellos que hicieron de mi niñez tan feliz. Los reúno en el casillero de “los inmortales”, “los superhéroes”,… “los indispensables”,  en la memoria RAM donde ni el más despiadado Alzheimer tenga siquiera acceso algún día.
Al abuelo lo recuerdo con su mirada seria e inquisitiva, con su cabello despeinado de rizos plateados que tardaron decenios en alcanzar el alba total, un bigote tupido y dorado por el humo del cigarro que acostumbró en buena parte de su vida, no obstante las protestas del doctor. Unas enormes manos con gruesos dedos que bien hubieran servido para el pugilismo que, yo sepa, nunca practicó.
Con su presencia, de un cierto aire marcial que siempre presumió pero que apenas pudo practicar en el ejército, se desprendía una jovialidad a flor de piel. A cada rato encontraba forma de brincar y presumir, y con razón, de una envidiable condición física que, en consecuencia retroactiva, le imprimía un optimismo adolescente y desbordante. Una actitud que, a pesar de todo, no cambió incluso con las últimas noticias.
Me aclamaba que, por ser el único varón entre sus nietos, era yo el “rey” de su vasta descendencia, que se esparcía entre dos familias con diferentes culturas por lo que, en efecto, me halagó por un tiempo como si tratara al príncipe de Asturias y de Gales combinados, pero en vez de heredero de legendarios imperios, me sentía beneficiario de un afecto del que me sentía indigno.
Sus palabras le dieron calor a mi aletargado ego que apenas si recuerda cumplidos durante la infancia, incluso de los pocos amigos que coseché.
Los relatos sobre su juventud me llenaban de contento y entusiasmo, pues describían a alguien conocido del que, parecía, no tenía ni la menor idea de su existencia. Me dejaban mudo de sorpresa, como quien escucha un buen cuento de hadas del que se espera no tenga pronto final. Y cuando me contaba de sus aventuras en el Amazonas o su vida de soldado en la guerra, no hacía sino inflamar mi orgullo y, al mismo tiempo, mi preocupación: pues si tanto había hecho para llegar a ser mi abuelo, varón al que sólo le faltaban las condecoraciones correspondientes, qué se esperaba de mí siquiera para emular su camino y no digamos me osare a superar a mi predecesor. Era tan convincentes sus relatos que poco me importaba pensar si había tenido suficiente tiempo y vida para participar en la Revolución Mexicana y en la Segunda Guerra Mundial, sin haber recibido rasguño alguno y sin que las fechas de los acontecimientos coincidieran con sus eternos veintes.
Sus visitas a mi casa eran esporádicas, espontáneas e inesperadas, era como el san Nicolás familiar que a todos causaba sorpresa, alegría y en ocasiones malestar. Podía estar viajando de su trabajo a casa en Chicago, donde residía, y en el trayecto tomar la decisión de visitarnos a la Ciudad de México para pasar el fin de semana con nosotros, mientras en la Ciudad de los vientos se la pasaban indagando su paradero. Creo que, contrario a la insoportable levedad del ser, el abuelo nunca toleró la idea de estar sujeto a algo o alguien y, sin embargo, descubrió trágicamente que entre más agitaba sus alas para volar, más se enredaban en las telarañas pesadas del tiempo, la familia y los recuerdos que lo queríamos retener.
Ese mismo espíritu de Magallanes también fluyó por mis venas pero a edad más tardía y con él aprecié la fragancia de la incertidumbre que concede la efímera libertad, pero ésa es historia aparte de la que hoy no me voy a ocupar.
Mi abuelo no era un vagabundo, sino un explorador de la vida que no se cansaba de conocer y asombrarse con su mirada siempre en la apertura de niño. Un hombre que había descubierto el secreto de la eterna juventud con indómito espíritu de Nietzsche.
“Amamos la vida, no porque estemos acostumbrados a vivir, sino porque estamos acostumbrados a amar…”. Yo creo que ése sería su mejor epitafio, porque entre audacia y pasión, entre valor y honesta búsqueda de la verdad, la vida le concedió la rara oportunidad de contemplar lo que a la mayoría de los mortales nos está vedado contemplar: darse cuento de aquello que pudo ser y que no se escogió...
Pero como toda decisión tomada, el precio a pagar también fue alto, en clara alusión a la tercera ley de Newton sobre el movimiento. Y para cuando se dio cuenta, muchas vidas habían sido tocadas. En ese desajuste de amar sin condición ni previsión, el resentimiento y el vacío que genera la ausencia, los hijos y nietos te vimos como a un ser que se debatía entre la realidad y la ficción. Alguien que había sido preparado para conquistar, pero no para perpetuarse en el poder, de ahí que generaras tantos sentimientos encontrados con los que nos dejo lidiar en el exilio de su silencio... [...].