domingo, 22 de septiembre de 2013

Divagando sobre la belleza


Cada vez que te encuentro es como un accidente que me pasma en la ataraxia tan ansiada de los clásicos griegos. Envuelves mis sentidos en un halo de misterio indescifrable y nublas mi razón como el vapor matinal en los bosques de Ontario. También eres como un duende que rompe la monotonía de la aburrida realidad, añadiendo color y diseño a lo que creí no posible superar. Me sorprende tu presencia siempre inesperada, me asaltas con la furia del león que se ceba sobre la incauta cebra y robas mi atención como la Luna llena sin que pueda evitarlo. No importa qué tanto me resista o intente anticiparme a tu saludo bucanero. Siempre consigues dejarme sin respirar por varios segundos, como si hasta de mi vida pudieras disponer.

Trato de hacer una vida tranquila y predecible, donde mis actividades laborales y lúdicas me provean de lo necesario para vivir. Ni siquiera espero alcanzar la dicha sólo porque pague los impuestos y no pierda mis citas dominicales con mi fe. Lo que sí descubro, con sensación de tragedia, es que cada vez que te encuentro me parece que la felicidad es asible y que es mucho más simple que el seguir las reglas de las buenas costumbres. ¿Por qué me alborotas con tu mirada seductora que me envuelve y acelera los latidos de mi cansado corazón?

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