Cada vez que te encuentro es como un accidente que me
pasma en la ataraxia tan ansiada de los clásicos griegos. Envuelves mis
sentidos en un halo de misterio indescifrable y nublas mi razón como el vapor
matinal en los bosques de Ontario. También eres como un duende que rompe la
monotonía de la aburrida realidad, añadiendo color y diseño a lo que creí no
posible superar. Me sorprende tu presencia siempre inesperada, me asaltas con
la furia del león que se ceba sobre la incauta cebra y robas mi atención como
la Luna llena sin que pueda evitarlo. No importa qué tanto me resista o intente anticiparme a tu saludo
bucanero. Siempre consigues dejarme sin respirar por varios segundos, como si
hasta de mi vida pudieras disponer.
Trato de hacer una vida tranquila y predecible, donde
mis actividades laborales y lúdicas me provean de lo necesario para vivir. Ni
siquiera espero alcanzar la dicha sólo
porque pague los impuestos y no pierda mis citas dominicales con mi fe. Lo que
sí descubro, con sensación de tragedia, es que cada vez
que te encuentro me parece que la felicidad es asible y que es mucho más simple
que el seguir las reglas de las buenas costumbres. ¿Por qué me alborotas con tu
mirada seductora que me envuelve y acelera los latidos de mi cansado corazón?
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