¿A quién quieres impresionar? Todo se reduce a una simple
estrategia de conquista, un sutil movimiento en el ajedrez de la vida en el
que, como todos, lo que buscas es ganar. No importa que tus modales reflejen el
refinamiento de una educación esmerada. Debajo de esa piel de cordero se
esconde el lobo que se come al hombre, como diría Husserl, y que, en el momento
indicado, hace a un lado el disfraz para entrar en acción y conseguir lo que
realmente busca.
Tu espíritu es tan primitivo y tan brutal como el que
tuvieron tus ancestros en la prehistoria y que creíste extintos con los Neandertal
(quizás fueron exterminados por los más brutales… ¿los Hommo Sapiens?). Tu conducta
sigue siendo tan instintiva que tus esfuerzos por alcanzar la divinidad
funcionan con la elasticidad de una liga: entre más se estira, más está a punto
de romperse, o de regresar al punto de origen, pero lo más seguro es que eres
capaz incluso de retroceder. ¡Sí, eso ha de ser!, has cambiado, hemos de
reconocerlo, pero no a un estadio superior como te exhorta la ideología judeo-cristiana.
Ahora lo que puedes decir es que haz involucionado: eres aun peor de lo que supones
e imaginas, porque no sólo eres malo, sino también un mañoso y un cobarde, sobre
todo esto último, pues ni siquiera estás en condiciones de reconocerlo. Te jactarás de que tus coterráneos serán más
ignorantes, pero al menos tienen más dignidad aunque no tu labia.
¿Crees acaso que eres un ángel caído en busca de la
gracia perdida?, ¡te equivocas!, porque tu carne es más cercana a la de los
chimpancés que a los extraterrestres. Eres, como diría Hegel: evolución del
espíritu que rige al mundo,… ¡pero nunca el espíritu mismo! Como las mariposas que
migran cada año, las que viajan del norte al sur no son las mismas que
regresan, ésas son las nietas de las primeras. Lo que impresiona no es el viaje
de cada una de ellas, sino el esfuerzo del grupo por salvar a la especie cuyo
peso es tal que son capaces de romper los brazos de añejos árboles michoacanos.
Así la vida del hombre es la consecución de generaciones que no alcanzan a ver
los cambios que la historia entreteje con cada una de nuestras vidas. Porque,
¿qué son sesenta años de una intensa vida humana en comparación a la eternidad
del universo? [...].
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