La noche de Navidad marcaba el cenit de uno de los
misterios peor comprendidos e insultados en el imaginario colectivo de mi generación
adolescente: santa Claus. Y es que parece que nunca han faltado los encargados
de clarificar la identidad del personaje metafísico más real en la mítica
contemporánea que se debate entre la inocencia más ingenua y el telemarketing más desgarrador. Con él, o
mejor dicho, sin él, se cerraba el capítulo de la niñez que muchos nos negamos
a aceptar aunque el desarrollo del cuerpo dijera lo contrario.
Mis hermanas y yo tuvimos la fortuna de celebrar
navidades memorables en las que la comida, la alegría y sobre todo la familia y
hasta amigos hacían de esas veladas un verdadero experimento de lo que sería un
mundo mejor. Como postre digno de reyes no faltaron los regalos que me hacían
sentir partícipe de una pequeña comunidad que cosechaba los frutos de muchas
turbulencias a lo largo del año. Se trataba de un esfuerzo colectivo que creo
todos apreciamos sin que hubiera el fijón de quién dio más y quién menos, pero
que hizo crecer en mí la conciencia de que la participación individual no sólo
para esa celebración particular sino para la constitución de una familia, era
determinante.
Para mí, la Noche Buena la experimentaba como la más
serena y dulce de todas: la mayoría de mis parientes acudía a reunirse, no
obstante las cortas y lejanas distancias que nos separaban dentro de la enorme
Ciudad de México, todos sentados en sala en torno a la plática de cuya
oscuridad agradecía como escenario idóneo para la magia que regocijaba mi alma
de niño.
Todo comenzaba con los servicios religiosos que me
resultaban cansados pero que le daban un aire de legitimidad al acontecimiento
que estábamos por celebrar. Luego, en casa, las pláticas espontáneas, la música
de ocasión de papá, con todos los ritmos posibles: desde los tropicales a los
anglos, de las piezas viejitas hasta las modernas, pero todas navideñas, todas
cautivadoras. [...]
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