jueves, 5 de septiembre de 2013

Navidad con la tía Amanda


La noche de Navidad marcaba el cenit de uno de los misterios peor comprendidos e insultados en el imaginario colectivo de mi generación adolescente: santa Claus. Y es que parece que nunca han faltado los encargados de clarificar la identidad del personaje metafísico más real en la mítica contemporánea que se debate entre la inocencia más ingenua y el telemarketing más desgarrador. Con él, o mejor dicho, sin él, se cerraba el capítulo de la niñez que muchos nos negamos a aceptar aunque el desarrollo del cuerpo dijera lo contrario.

Mis hermanas y yo tuvimos la fortuna de celebrar navidades memorables en las que la comida, la alegría y sobre todo la familia y hasta amigos hacían de esas veladas un verdadero experimento de lo que sería un mundo mejor. Como postre digno de reyes no faltaron los regalos que me hacían sentir partícipe de una pequeña comunidad que cosechaba los frutos de muchas turbulencias a lo largo del año. Se trataba de un esfuerzo colectivo que creo todos apreciamos sin que hubiera el fijón de quién dio más y quién menos, pero que hizo crecer en mí la conciencia de que la participación individual no sólo para esa celebración particular sino para la constitución de una familia, era determinante.

Para mí, la Noche Buena la experimentaba como la más serena y dulce de todas: la mayoría de mis parientes acudía a reunirse, no obstante las cortas y lejanas distancias que nos separaban dentro de la enorme Ciudad de México, todos sentados en sala en torno a la plática de cuya oscuridad agradecía como escenario idóneo para la magia que regocijaba mi alma de niño.

Todo comenzaba con los servicios religiosos que me resultaban cansados pero que le daban un aire de legitimidad al acontecimiento que estábamos por celebrar. Luego, en casa, las pláticas espontáneas, la música de ocasión de papá, con todos los ritmos posibles: desde los tropicales a los anglos, de las piezas viejitas hasta las modernas, pero todas navideñas, todas cautivadoras. [...]

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