sábado, 7 de septiembre de 2013

Cecilia


Cuando llegaste a nuestras vidas fue una sorpresa para mí notar lo sonrosado de tu piel y el castaño claro de tu incipiente cabello. Tus ojos amielados tardaron en abrirse igual que lo hacen los mininos. Y, cuando llorabas, lo hacías con la intensidad de una epopeya por venir.
Fue difícil verse desbancado del centro de atención de los mayores, pero me pareció lógico que esa persona tan chiquita no la requiriera más que yo. De hecho comencé a sentir la responsabilidad de también cuidarte y quererte como veía que lo hacían los demás.
“Guereja”, como te llamaba papá, fuimos fruto de un joven matrimonio que se abría paso en la vida entre desesperanza y trabajo de domingo a domingo. Pero ellos tuvieron la sabiduría de sentirse siempre afortunados. Nuestro hogar iba tomando forma, igual que nuestros sueños, pero mientras observaba maravillado los ladrillos rojos que nos resguardaban de la intemperie y nuestras camas contiguas como en una guardería, a sólo unos cuantos pasos de nuestros padres, llegué a experimentar la bendita sensación de plenitud y regocijo que sólo los niños pueden descubrir incluso en las peores desventuras. Vivíamos en un cuarto común que, a falta de intimidad, rebosaba de fraterna camaradería. Por eso no había demasiado problema en pasarnos con nuestros papás en las noches de rayos y centellas, no había nada que temer, Dios nos había concedido el tesoro más preciado de la vida: unos padres unidos y amorosos.
Conservaste pocos años el privilegio de ser la menor de la familia, pero impusiste desde principio una personalidad marcada por extremos que no dejaban duda sobre tu ambición en la vida. Una personalidad que se definió a muy temprana edad y que yo no supe comprender entonces. Atisbó un punto en que me sentí abrumado por tus acciones. Actuabas con la determinación y la seriedad de un adulto entre párvulos que no te comprendíamos. Te sentiste sola y posiblemente aburrida, pues aparte de mí, pocas fueron tus amistades.

Pero la vida es cruel cuando sabe de nuestras metas y predeterminaciones. Te puso obstáculos a la altura de tus ambiciones, pero no a la de tu condición de menor y mujer, ni mucho menos a la difícil situación por la que atravesaron, por mucho tiempo, nuestros padres. Tal vez por eso era fácil verte reír hasta el cansancio, pero también deprimirte hasta el abismo.[...].

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