¿Hace cuánto que no nos vemos? Creo que desde que mi soberbia
me alejo de ti, sin luchar, aprovechando que otro te deseaba y que a él te
entregarías como si tu despecho pudiera curar mi desprecio.
Fue así que creí poder vivir para mí, como si nada
hubiese ocurrido. Mis amigos preguntaban por ti y yo les aseguraba que eras
asunto del pasado. Una etapa más de la vida que aceptaba sin mayor pena. Pero
la verdad es que el dolor permaneció oculto por algún tiempo, como Pan que se
aprestaba a espantar a los viajeros no precavidos. Fue así como en un día
cualquiera “me cayó el veinte”: el terror de tu ausencia se apoderó de quien
hoy reconoce su error.
Y es que no sé a quién se le ocurrió decir que “nadie es
indispensable”. Descubrí que tú lo eres para mí. Quién más puede guardar mis
secretos, apoyar mis proyectos y estar ahí cuando más se te necesita. Además,
eres la única que tienes las cualidades y la energía suficientes para sostener
mis insaciables combates nocturnos hasta dejarme exhausto al clarear el alba.
Recuerdo cómo recorría tu geografía con mis dedos
desesperados y cómo en ocasiones mi ansiedad no la saciaban nuestros encuentros
fortuitos en esos, los únicos momentos en que creía en Dios por estar vivo y
por tenerte.
Cada día representabas un reto que me causaba una cierta
angustia, una cima que se negaba a ser conquistada y que me ofrecía una serie
de obstáculos que, a final de cuentas, sólo oxigenaba más el fuego de mi deseo
por tenerte entre mis manos y la necesidad extrema por prolongar nuestras
existencias hasta los límites del infinito en la tinta y la forma que encierra
el pensamiento y el poder que hace girar a este mundo.
Tal vez exagero en todo lo que conseguimos cuando estamos
juntos, pero mi necesidad por ti es así. Es como si Heráclito siempre hubiera
tenido la razón: todo es superlativo, todo es extremo, todo es todo y nada es
nada… la mediocridad no es vivir.
Se acusaba a las generaciones pasadas de aferrarse a sus
métodos, sus creencias, sus deseos,… yo me aferro a la novedad de tu presencia,
como si fuera siempre virginal, siempre futurista, siempre plus ultra, siempre maravillándome con la rapidez de tus
movimientos, tu cálculo cada vez más y más perfecto y la belleza de tus formas…
Créeme que soy feliz de reencontrarnos y de saber que la lección no la pienso
repetir. ¡Por favor, no dejes que te deje otra vez...! [...].
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